miércoles, 3 de agosto de 2011

Colonizadores en tiempos de “descolonización”

Jenny Ybarnegaray Ortiz (*)

La Paz, 3 de agosto de 2011

Han transcurrido más de veinte años desde cuando me fui a trabajar al Chapare en los programas de desarrollo alternativo financiados por Naciones Unidas. Muchas lecciones aprendidas, profundas enseñanzas recibidas, intensas experiencias vividas, en medio de ese paisaje verde y húmedo colmado de sorpresas para una colla como yo, habituada a la altitud, al frío, al agreste paisaje montañoso donde nació y creció.

Entre esas lecciones, algunas quedaron marcadas de forma particular en mi memoria. Allí tuve la ocasión de conocer a gente yuracaré que había salido desde el fondo del monte a Chimoré para vender sus artesanías en una feria organizada por los proyectos para los que trabajaba, en otra ocasión pude visitarles en su pobre comunidad instalada en las riveras del río Chapare. Me quedó particularmente marcada la representación social que ellas y ellos tenían sobre los colonos collas que, a través de diversos procesos de migración, habían ocupado el territorio donde ese y otros pueblos indígenas habitaban desde tiempos inmemorables: les llamaban “invasores”. En contrapartida, los “colonizadores” collas les llamaban “salvajes”, se referían a esos pueblos como “incivilizados”. Me quedó clara la idea de que ambos habían construido a través del tiempo idénticas representaciones sociales producidas quinientos años antes, cuando la conquista española: invasores fueron para los pueblos andinos quienes llegaron y se apropiaron de su territorio, salvajes e incivilizados eran esos pueblos para quienes arribaron a estos territorios con ansia de riqueza.

Esas representaciones se hacen hoy evidentes en boca –nada más ni nada menos– del propio presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales, cuando instruye” a los jóvenes chapareños a “ir a conquistar/ enamorar a las yuracarés - trinitarias” para convencerlas de no oponerse a la construcción del camino proyectado sobre el TIPNIS, cuando ya antes les había advertido que el proyecto se ejecutaría “quieran o no quieran”.

Al margen de la absoluta inconsistencia de ese propósito con el discurso de respeto y adoración a la Madre Tierra Pachamama, hoy queda plasmada otra inconsistencia: esta vez con el proyecto “descolonizador”. Aunque se haya cambiado el nombre de la Confederación de Colonizadores de Bolivia por la de Confederación de Pueblos Interculturales de Bolivia, el eufemismo no logra ocultar la verdadera naturaleza de los pueblos (mayoritariamente quechuas) que ocuparon un territorio previamente habitado por otros que resultaron prácticamente “arrinconados” al fondo del monte, en una suerte de “reservas indígenas”, condenados a la extinción.

Y como si ello fuera poco, hoy el presidente pretende hacerles convencer de las virtudes del proyecto gubernamental, no a través del diálogo razonado, no a través de la escucha abierta (“mandar obedeciendo”, dice), sino a través de una “estrategia de conquista” a las mujeres que pasa por “enamorarlas”. Es que ¿en qué estaba pensando el presidente cuando tuvo tamaña “ocurrencia”? (una más entre muchas). De su discurso se desprende la imagen del colonizador neto y nato, del macho irreverente, del sujeto autoritario que se apoya en el poder de su palabra para obtener lo que se propone irrespetando a la gente que, por estar en condición de desventaja numérica, debería someterse a su voluntad.

A estas alturas del “proceso de cambio” ya no debería sorprendernos esa actitud del presidente, pero apena que no aprenda, que se disculpe cuando se le recrimina por “ocurrencias” del estilo y a la vuelta de la esquina las vuelva a proferir de manera tan impertinente. No es que “se le ocurrió”, no es que “estaba bromeando”, es que así ES nuestro presidente y no va a cambiar. Ilusa yo que creí que había tenido la capacidad de reflexionar cuando le recriminé por sus expresiones irrespetuosas hacia las mujeres durante la campaña presidencial de 2009 y que le agradecí públicamente sus disculpas.

Pero, lo más triste de esta cuestión no es tanto la comprobación reiterada de que nuestro presidente es un machista redomado, cuanto que queda en evidencia que la mayoría de los bolivianos son y piensan como él, de lo contrario ¿se atrevería a lanzar semejantes improperios con tanta “naturalidad”? ¿Verdad que no? ¿Hubo acaso una sola voz en la asamblea donde dio su “orden presidencial” que le llamara la atención sobre lo inapropiado de la misma? No, ni una sola, ninguna que proviniera de
mujer u hombre allí presente, al contrario, seguramente hubo risa general.

Esa es la sociedad que habitamos, una donde el discurso de la “descolonización” y de la “despatriarcalización” es permanentemente opacado por los hechos y dichos del propio primer mandatario del Estado Plurinacional.

(*) Feminista y militante por los derechos de las mujeres

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